Hace un tiempo viví una de las peores experiencias de mi vida, y es una de esas situaciones que no son al azar, ni un accidente o por ser víctima de algún tipo de crimen, sino que me sentí como un pequeño insecto aplastado por la burocracia, jamás me había sentido tan desvalida y la frustración me hace querer romper en llanto del enojo cada vez que me acuerdo. Hasta el día de hoy no he sabido cómo lidiar con lo que me pasó y si no fuera por mi gata ya me habría vuelto loca, no quiero escribir con más enojo pero estoy muy convencida de que no quiero que a ninguna persona le pase.

Yo iba con todas las esperanzas y sueños de salir del país y por primera vez probar la libertad de conocer y pisar tierra nueva, así fuera por unos días y como invitada de la familia yo quería respirar el aire extranjero, tomar una cerveza en un pub, caminar por un Mall gigantesco, hablar mi pésimo inglés con algún desconocido y comprarme una camisa hawaiana horrible. Y me sentía en mi derecho divino de hacerlo hasta que llegué a hacer el trámite de la visa.

Lo primero a lo que me enfrenté fue a tratar de llenar un formulario online ininteligible, el DS-160, para el que le pedí a dos amigos que me ayudaran y entre los tres no sabíamos ni qué poner. Las preguntas son terriblemente ambiguas y por extraño que suene, uno no siempre está en total conocimiento de sus estados de cuenta o la dirección de las personas en donde uno se va a quedar y tiene casi que improvisar en la marcha, llamar a todo el mundo, buscar números de cuenta, etc. A eso se le adiciona que uno se siente tremendamente presionado porque cualquier respuesta incorrecta podría implicar que me denieguen la visa. Luego de eso me sentí más tranquila, superé sin problemas los costos inflados de las fotos mal tomadas con cara de prisionero, las interminables filas con guardias mirándolo fijo a uno y horas de esperas entre que uno llena los formularios y espera frente a las ventanillas.

Pero el momento más tenso fue quizá en el que pasé a la última etapa, y la chica detrás del cristal de cabello resplandeciente y ojos azules me hablaba de una forma que me dejó fría. Las manos me temblaban y creo que la mente se me nubló un poco, ella me preguntó que por qué iba a los Estados Unidos, si había estado allá antes, a quiénes tenía allá y cuáles eran sus nombres, dónde vivían, todo; que por qué iba a ir sola, si tenía esposo o hijos aquí, y hasta me preguntaron cuánto iba a gastar en el viaje. Obviamente quedé abrumada y traté de respirar, y en un comportamiento más automático que consciente respondí que aún estaba en la universidad a apenas dos semestres de terminar la carrera y que me habían invitado a pasar las vacaciones en un pueblo cerca de Miami Florida, que iba de vacaciones y solamente de turista, que no pensaba quedarme mucho ni gastar mucho tampoco, etc.

Por alguna razón que no llegué a comprender me aceptaron y me concedieron la visa y en ese momento supe que tenía que meterme en un curso de inglés allá a ver si dejaba de hacer el ridículo en todas partes. Con eso en mente, lo primero que hice al llegar a casa fue buscar por internet un curso en Florida con profesores hispanos pero que me ayudaran a aprender rápido inglés. Así fue como por un momento toda mi vida parecía un sendero de pétalos de rosas y me veía a mí misma hablando fluidamente y conociendo amigos en las playas de Miami.

El día finalmente llegó, y ni siquiera empaqué mucha ropa, quería un nuevo comienzo. Llegué una hora antes al aeropuerto de la hora recomendada y tuve que esperar como otras cuatro mientras hacía rendir un café que me hacía poner aún más inquieta. Cuando finalmente despegó el avión sentí que ya nada malo me podía pasar, que ya estaba del otro lado y que había tenido toda la suerte del mundo. En el avión, por supuesto, tuve que llenar otro formulario que me preguntaba por cuestiones de aduana e impuestos en el cambio de moneda que me parecía como escrito en chino.

Nunca me imaginé que cuando llegué al aeropuerto de destino y me bajé con una sonrisa gigante me encontraría un último trámite del viaje. Los oficiales de aduana me preguntaron cuánto tiempo pensaba quedarme y si tenía familia aquí, en dónde iba a quedarme y todas esas cosas y yo respondí con la mayor honestidad que pude, tratando de usar mi escaso inglés para hacerlo y de un momento a otro me preguntaron si yo iba a estudiar, y yo respondí que sí, orgullosa de mí misma, les dije que me había inscrito en un curso de inglés. La conversación después de eso tomó un rumbo que no me había esperado para nada, ellos revisaron mi visa y me preguntaron de nuevo sobre mis estudios, todo se hizo confuso y luego todos se pusieron serios, yo no entendía qué estaba sucediendo.

Al cabo de un rato llamaron a otra persona que me hablaba en español y me hizo sentir aliviada porque podía explicarle mi caso. Me hizo preguntas similares y yo respondí lo mismo, antes pensé que no me estaban entendiendo bien por mi pronunciación, pero ahora sabía que algo me había quedado mal. Todo giraba en torno a mi curso en la academia de inglés al que estaba accediendo, me pidieron certificados e intensidad horaria y yo, convencida de que no tenía nada que ocultar lo suministré todo.

Cuando finalmente se convencieron me ordenaron ser escoltada y regresada a Panamá y luego Colombia otra vez. Mi corazón se estremeció y las rodillas no me respondían. Me sentía peor que la cucaracha de Kafka, atrapada sin haber hecho nada malo, atrapada en un mar de confusión. A pesar de que a todas las personas que me hablaban trataba de decirles que yo era buena persona y que sólo quería pasar un tiempo con mi familia, estudiar inglés y comprarme una jodida camisa hawaiana, todo fue inútil.

Al regresar a casa ya no tenía voz de tanto llorar y lo que me explicaron me heló la sangre y me dejó en un estado de decepción absoluta. Mi visa se había tramitado como turista, me dijeron, y yo había dicho y repetido mil veces que iba a estudiar inglés en una academia cercana a la casa. Ellos dijeron que yo había cambiado la versión de mi historia, y que inicialmente había dicho que iba de vacaciones pero luego mostré los certificados de intensidad horaria que me vinculaban con un tipo de visa de estudiante y no hubo manera de decirles que yo quería hacer ambas o incluso retirarme del curso de inmediato. No tuve corazón para intentarlo de nuevo ese año, pero un nuevo descubrimiento me hizo cambiar de opinión.

Hace poco encontré una página que habla, explica y asesora sobre problemas similares, http://visausanow.com, si tan sólo hubiese leído al respecto, todo este año habría sido tan diferente, y lo digo con total honestidad, ahora que ya no estoy tan enojada conmigo misma. Todo el mundo tiene derecho a equivocarse, pero también de aprender de sus errores. Por eso escribo esta anécdota y es un consejo de corazón para todas esas personas que llenas de sueños pueden estrellarse como un insecto contra un auto a toda velocidad sin entender lo que sucede. Permitan que los aconsejen bien, inicia tu proceso en Visa USA Now.

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